martes 1 de diciembre de 2009

Cárguelo a la Cuenta

Sentado frente a mi monitor, con mi taza de Ennio Morricone repleta de café de olla y un par de galletas de nuez, comencé a divagar con la mente y de pronto recordé el blog y el nombre con el que lo bauticé hace ya varios años (cosa de otro día, talvez ahora en vacaciones). El Callejón Literario, le puse. Y fue porque en esos tiempos yo solía llamarme un escritor amateur, un vano intento de redactor y visionario contador de historias. A cada rato publicaba mis pequeños escritos que, de cierta manera, fueron bien recibidos. No me quejo, tuve una buena vida de "escritor".

Actualmente sigo escribiendo alguna que otra historia, como la que a continuación les presento. Es un refrito en realidad, pues hace un año escribí uno parecido para el concurso de cuentos (y ganó segundo lugar, ahora nada) de la universidad y esta vez, por falta de tiempo, repetí el sitio donde se efectúa la trama. No me juzguen tan fuerte, lo escribí en veinte minutos para alcanzar el plazo de inscripción.

Termino mi breve introducción con la advertencia de: BASADO EN HECHOS REALES. Les dejo a su criterio qué parte del cuento sucedió en verdad y aún no puedo (ni podré) quitarme ese suceso de mi mente. Disfrútenlo, y nos vemos en tres semanas (sí, examenes finales... luego les cuento).

Ta.
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Cárguelo a la cuenta

Por Yersinio Pestis

(a.k.a. Mayito)

Nadie me creyó. Y están en su sano juicio al hacerlo. Pero eso no quiere decir que, lo que presencié, fuese mentira. A veces a los médicos nos califican de fríos, insensibles, incluso indiferentes hacia el dolor del paciente que viene a nosotros, con la esperanza de que pronto sus malestares desaparezcan… ¡sólo con escucharnos ya se sienten bien! Pero, ¿qué pasa cuando nuestras habilidades y conocimientos no bastan para contrarrestar las audacias de la frígida y flaca muerte? ¿Qué pasa si en cuestión de segundos perdemos la vida de nuestro paciente? O peor aún: ¿Qué pasa cuando esos pacientes regresan a cobrarnos?

Fue apenas hace unos días, créanme, mientras estaba en práctica clínica, cuando todo empezó. Insuficiencia renal aguda y crónica, nefropatía diabética y un sinfín de otras enfermedades relacionadas, era lo que veíamos ese día. El doctor nos dijo que pasaría una paciente de primera vez, por lo que habría que interrogarla y hacerle exploración física. ¡Oh, Discordia! Mal auguro fue cuando cruzó el umbral del consultorio la paciente, sin poder caminar y aferrada a su esposo y hermana, quienes la sostenían: los ojos parecían saltarle de las órbitas, su boca parecía describir una pequeña O por la cual salía su lengua, su abdomen globoso parecía rebotar de un lado para otro mientras daba un paso, estaba completamente pálida y respiraba con dificultad: parecía que tenía agua en la boca y quisiera hablar. Desde ese instante todos supimos que algo iba mal. “Tráiganle una silla de ruedas para cuando salga”, dijo el doctor. Tranquilamente, uno de nosotros fue por ella. En ese momento, el doctor se acercó y le escuchó con el estetoscopio sus pulmones. No pasaron cinco segundos cuando, alarmado, dijo: “Tiene edema agudo de pulmón, hay que bajarla a urgencias”. Por fin llegó la silla de ruedas y entre todos nosotros apenas pudimos subirla en ella: era demasiado pesada. Corríamos por los pasillos, uno empujando la silla junto con el doctor, otro abriéndoles las puertas, otros dos con los familiares y otros dos en la retaguardia, cerrando puertas. Sólo se escuchaba en el ambiente el rodar de la silla, la respiración estertorosa de la paciente, como gorjeo, y los gritos desesperados del doctor: “¡Respira, por favor! ¡Respira!”. La adrenalina hacía efecto en todos nosotros mientras corríamos. Llegamos a urgencias, la trasladamos con dificultad a una cama y después de unos minutos, que parecieron horas, se pudo intubarla, al haberle aplicado una buena dosis de sedantes. Media hora pasó. La paciente vomitó cual fuente de las Tres Centurias, y la Catrina hizo presencia. Hora de defunción: 15:37 hrs. A las cuatro de la tarde iba yo en camino a la universidad, pues era viernes y soy instructor de neuroanatomía tal día en el edificio 22. La tarde avanzó como cualquier otra, sin mucha relevancia ni novedad. Platiqué a mis compañeros instructores lo sucedido, como anécdota. Y de ahí no pasó a mayores.

Poco después de las siete se terminó la clase y los jóvenes de segundo semestre emprendieron marcha para irse a parrandear como cada viernes, después la técnica de histología también se fue y sucesivamente los otros instructores. Yo me quedé a cerrar puertas y ventanas, desconectar ventiladores y verificar que todos los modelos anatómicos hubieran sido guardados apropiadamente. El último sitio que revisé fue el anfiteatro. Ah, cuántas historias se cuentan sobre ese sitio macabro, ¿verdad? Es un sitio espeluznante cuando los alumnos de anatomía dejan a los cadáveres en las mesas de disección, pero para nosotros que ya estamos acostumbrados es sólo una molestia pues debemos guardarlos. Primero cerré las ventanas, verifiqué los materiales de disección y finalmente procedí a inspeccionar los cuerpos: uno nunca sabe qué bromas pueda hacer un estudiante de primer semestre. Uno por uno revisé los bultos en cada mesa, cerciorándome de que estuvieran completas las piezas anatómicas; uno por uno fui guardándolos en la pila de formol: a esa hora está muerta esa zona de la universidad, literalmente, y el silencio era mi única acompañante. Cuando iba a arrojar al tercer cuerpo a la pila, escuché un gorjeo, como si alguien estuviera haciendo gárgaras. “Esos de turismo”, pensé, pues son los más cercanos al edificio. Arrojé el cadáver y volví a escuchar el gorjeo, pero con mayor intensidad y parecía provenir de las mesas de disección. “Judas Priest”, pensé, pues creí recordar haber encendido el iPod rato atrás. Me dirigí al último cadáver que quedaba en las mesas de disección, y desagradable fue mi sorpresa cuando escuché de manera muy clara el gorjeo debajo de la manta y la bolsa de plástico de dicho cadáver. Lentamente quité las capas que envolvían al cuerpo, y estuve a punto de desmayarme cuando vi frente a mí a la paciente que horas antes habíamos llevado a urgencias. Tenía el mismo rostro con los ojos saltones, la boca imitando una pequeña O y la lengua saliendo, excepto que ésta última se movía intensamente de un lado a otro; emanaba también de la boca espuma blanco-amarillenta y agua, que luego sustituyó un río de vómito. Su tórax y su abdomen se movían tan fuerte que pensaba explotarían. Pero esos ojos… si tan solo ustedes los hubieran visto, me entenderían. Esos ojos era lo peor de todo, no era su abdomen que parecía a punto de estallar, ni su respiración ya no estertorosa sino “líquida” por completo… esos ojos, desesperados, mirando de un lado a otro, buscando quién la ayudara. Finalmente repararon en mí, y su mano se aferró de mi antebrazo derecho con gran fuerza, produciéndome un dolor insoportable que me puso de rodillas. Aún no sé de dónde obtuve la fuerza, pero como pude con mi mano izquierda arranqué el antebrazo de mi atacante con todo y mano. Dejé caer el miembro y eché a correr.

Salí del edificio y ahí aún estaban dos instructores y tres estudiantes. Al verme tan agitado me preguntaron qué había pasado y les relaté lo sucedido. Les mostré la marca que dejó el cadáver en mi antebrazo y rápidamente corrimos de vuelta al anfiteatro. No había cuerpo sobre la mesa de disección. En la pila de formol contamos cuántos había y no faltaba alguno, sin señales de la mujer. Me juzgaron de loco y me sacaron de ahí. Pero antes de que cerraran la puerta del anfiteatro vi, tendido en el suelo y aún mojado en formol, un antebrazo con mano disecado, cuyos dedos parecían agarrar algo. Y cuando cruzamos el pasillo principal, mis compañeros no podrán negarlo, escuchamos un gorjeo que provenía de la pila de formol. Sin pensarlo, todos salimos corriendo. Contamos lo sucedido y nadie nos creyó.

7 comentarios:

Ego dijo...

No entendí a quién tenía algo que cobrarle...

Interesante. Suerte con los exámenes.

Nos vemos.

El Signo de La Espada dijo...

No seas mamadooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooorrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr


ta' cabrón, master. Muy bien narrado

mayito dijo...

@Signo: Gracias chavalo.

@PP: Se supone que a quienes no le pudimos ayudar. Ya leí la corrección, y tomaré en cuenta los detallitos para el proximo año.

NOTA: Ya empecé a preparar el proximo cuento para el concurso, y ahora no será similar. Espero salga mejor jojo...

Ta.

magnolia dijo...

1.- quiero café yo también.
2.- no siempre se puede ayudar ::)
3.- besito

srx dijo...

me gustó tu historia... me resultó interesante. suerte para la proxima!!!

Aki dijo...

querido mayito:

es bueno encontrarse a blog paisanos, bueno hidrocalidos.

una duda, como que ya habias escuchado de huele a flores???

bueno, un gusto, creo que te vi una vez o dos o tres veces alli con pp.

cuando gustes en mi blog tienes una casa y una amiga.

besos
besos

[MnS] dijo...

Este post lo leí por la noche, pocos días después de haber sido publicado. Después de leerlo tenía que sacar a Hilary y hacer mi ritual rutinario que realizo antes de dormir.

Juro que no quería ni salir de mi cuarto. Y mucho menos atravesar el pasillo para poder llegar al baño.

¡BUENÍSIMA HISTORIA!

- Seguramente eran los de Turismo, nunca tienen nada qué hacer. Pensé lo mismo.

- ¿Está usted a las 4 ahí? Seguramente hemos coincidido algunas veces, tal vez hemos estado a pocos metros de distancia: los viernes siempre me iba a la cafe central a comer.

- ¿Qué tan cierto es?

- BTW, nunca me dijo cuál era ese hospital del que desconfía.


Saludos y ¡bienvenidas sean las vacaciones! :D